Álex NAVAJAS
Una delicia. Asomarse al alma
privilegiada de Santa Faustina Kowalska es una delicia. Juan
Pablo II, compatriota de la religiosa, lo hace continuamente. Y
a ella se ha referido en numerosas ocasiones a lo largo de este
cuarto de siglo de pontificado.
«¿Me llevarás en la juventud? Seas bendito.
¿Me harás alcanzar edad avanzada? Seas bendito. ¿Me darás
salud y fuerzas? Seas bendito. ¿Me clavarás en un lecho de
dolor, quizás por toda la vida? Seas bendito». La
espiritualidad de Santa Faustina esponja el alma y llena de
confianza. Centenares de miles de católicos viven quizás
preocupados por «cumplir», por «no pecar», por conseguir una
perfección espiritual fría, compuesta de normas y sin rastro
de amor. Decía Lewis que «son muchos los que predican el
cristianismo, y se han olvidado de predicar a Dios». La
espiritualidad de la religiosa polaca se sitúa en las antípodas
de esto: confiar y gozar en el corazón del Señor, que es un
colchón de misericordia. Regálese este libro en navidades. Su
alma se lo agradecerá.